Hay momentos en una plaza de toros que se salen del guion. Lo que ocurrió en la Maestranza de Sevilla durante la novillada protagonizada por Javier Zulueta fue uno de ellos.

En plena faena, la espada del novillero salió proyectada de forma accidental hacia las gradas, pasando inquietantemente cerca de uno de los espectadores. Un instante que heló el aliento de quienes estaban allí y que, por fortuna, no pasó a mayores. Nadie resultó herido.

El propio Zulueta no tardó ni un segundo en reaccionar. Con la lidia todavía caliente y los nervios propios del momento, se dirigió al público para pedir disculpas de inmediato. Un gesto que dice mucho de la persona, más allá del torero.

Porque en el ruedo todo ocurre muy rápido. Un mal golpe, un ángulo inesperado, y lo que debería quedarse en la arena acaba sobrevolando tendidos. Son los imprevistos del toreo, una disciplina que convive con el riesgo de forma permanente, no solo para el que está delante del toro.

El susto quedó en eso, en un susto. Y la Maestranza, que ha visto de todo en sus más de tres siglos de historia, sumó un episodio más a su memoria colectiva. De los que se cuentan al salir, con el corazón todavía un poco acelerado.

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