Camionetas, cámaras y, de repente, una figura que parece haberse escapado de una vieja transmisión de la NBA: Dennis Rodman, el hombre de los pelos de colores, los tatuajes, los piercings y aquella manera casi salvaje de pelear cada rebote como si fuera el último balón de su vida.
El cinco veces campeón de la NBA apareció el jueves junto a Donald Trump durante una gira del presidente estadounidense por Texas y Oklahoma. Rodman acompañó a Trump primero en una visita a una fábrica de camiones en Denton, Texas, y posteriormente estuvo presente en un acto en Durant, Oklahoma.
Y Trump, fiel a su estilo, aprovechó la presencia de una de las figuras más extravagantes de la historia del baloncesto para recordar precisamente aquello que convirtió a Rodman en una leyenda.
“Es el mejor reboteador en la historia del baloncesto”, dijo Trump al presentarlo.
La frase puede discutirse desde el punto de vista estadístico, pero hay algo que nadie puede quitarle a Rodman: durante una época dominada por gigantes, aprendió a convertir su físico, su intuición y su obsesión por el rebote en un arma.
Con apenas 6 pies y 7 pulgadas, Rodman llegó a promediar 18,7 rebotes por partido en la temporada 1991-92, la mejor cifra de su carrera. Al año siguiente capturó 18,3 por encuentro. Además, lideró la NBA en rebotes totales y defensivos durante siete temporadas consecutivas entre 1991-92 y 1997-98.
Su historia se escribió primero con los Detroit Pistons, donde fue pieza fundamental de los llamados “Bad Boys” y conquistó dos campeonatos. Después llegó el salto a los Chicago Bulls de Michael Jordan, donde ganó tres títulos consecutivos entre 1996 y 1998. En total, cinco anillos.
Pero Rodman nunca fue solamente estadísticas.Era espectáculo.
Su cabello cambiaba de color, su apariencia rompía cualquier molde y su personalidad podía convertir una conferencia de prensa en otro episodio de su propia película. En la cancha, sin embargo, todo aquello desaparecía durante unos segundos: buscaba el balón, calculaba su trayectoria y se lanzaba contra jugadores mucho más altos.
Por eso aquella postal en Oklahoma tuvo un aire inevitablemente noventero.
Rodman, el excéntrico “Bad Boy” que compartió vestuario con Jordan y que convirtió el rebote en una forma de arte, ahora aparecía décadas después junto a Trump, lejos de los tableros y rodeado de cámaras.
Y la historia tuvo además un ingrediente inesperado.
Trump habló de la relación de Rodman con Kim Jong Un, líder de Corea del Norte, con quien el exjugador mantiene una conocida relación desde sus viajes al país asiático. El presidente estadounidense incluso planteó la posibilidad de que Rodman pueda contribuir a reabrir algún canal de comunicación con Kim.
