Opinión | El 4-2 ante América no fue simplemente otra derrota para Junior. Fue una radiografía preocupante de un equipo que, aunque todavía lleva en el pecho la etiqueta de bicampeón, parece haber perdido completamente el rumbo.

El resultado en Palmira fue contundente, pero más contundente aún fue la manera en que se produjo. Junior comenzó ganando desde el primer minuto con una brillante ejecución de tiro libre de Luis Fernando Muriel, pero ni siquiera esa ventaja tempranera fue suficiente para darle tranquilidad a un equipo que terminó siendo superado, dominado y, por momentos, bailado por América.

Cuatro partidos de Liga, tres derrotas y muy pocas respuestas. Ese es el balance que empieza a encender las alarmas. El problema ya no parece ser una mala tarde o un accidente futbolístico. Junior muestra dificultades para defender, poca generación ofensiva y una preocupante dependencia de Muriel para encontrar soluciones.

Cuando el delantero aparece, hay esperanza. Cuando no lo hace, el equipo parece quedarse sin argumentos.

América entendió rápidamente por dónde hacerle daño. Atacó los espacios, ganó duelos y encontró caminos con demasiada facilidad hacia el arco de Mauro Silveira. El empate antes del descanso fue apenas el comienzo de una segunda parte en la que el conjunto escarlata pasó por encima del rojiblanco.

El 2-1, el 3-1 y el 4-1 fueron cayendo con una naturalidad que debería preocupar mucho más que el marcador final. Junior no encontraba respuestas y América jugaba cada vez con mayor comodidad.

También hay responsabilidades individuales. Hay futbolistas que atraviesan un nivel muy bajo y otros de los que se espera mucho más. Teófilo Gutiérrez y Chará tienen que aparecer, porque su experiencia y jerarquía no pueden convertirse en simples nombres dentro de una nómina. Y mientras tanto, cuesta comprender que Jermein Peña no tenga mayor protagonismo en una defensa que necesita urgentemente soluciones.

Pero inevitablemente las miradas terminan sobre Alfredo Arias.

El entrenador parece no encontrar la fórmula. El equipo cambia de nombres, pero no modifica sus problemas. Se pierde, recibe goles y carece de una reacción futbolística convincente. Y cuando eso ocurre de manera reiterada, ya no basta con hablar de errores individuales.

Junior está jugando como un equipo que no sabe qué quiere ser.

El bicampeonato es un logro reciente, pero no puede funcionar como escudo para esconder las deficiencias actuales. Los títulos no garantizan el presente y la camiseta no gana los partidos por sí sola.

El 4-2 ante América debería servir como una llamada de atención. Porque Junior todavía está a tiempo de corregir, pero necesita hacerlo rápido.

El sábado, frente a Santa Fe en el Romelio Martínez, no bastará con ganar. La hinchada necesita volver a reconocer a su equipo.

El bicampeón no puede seguir viviendo de lo que fue. Tiene que demostrar, cuanto antes, que todavía sabe hacia dónde va.