Un rascacielos como aguja y un hombre aferrado al vacío. En redes sociales circula un video que ha disparado la adrenalina colectiva: Alex Honnold, el escalador que convirtió el miedo en rutina, aparece ascendiendo el Taipei 101, el gigante de 508 metros que corta el cielo de Taipéi. Sin arnés, sin cuerdas visibles, solo manos, pies y una calma que desafía la lógica.
Las imágenes —que muchos presentan como una hazaña real— muestran a Honnold avanzando centímetro a centímetro por la piel de acero y vidrio del edificio, mientras la ciudad palpita muy abajo. El viento empuja, el concreto resbala, y el silencio se vuelve protagonista. Cada movimiento parece una conversación íntima con la gravedad.
La escena reaviva el mito del hombre que ya había redefinido los límites del free solo y confirma algo: cuando Honnold aparece en pantalla, el mundo se detiene a mirar. Sea un reto documentado, una recreación o un clip que condensa la obsesión humana por ir más alto, el mensaje es el mismo: hay personas que caminan —o escalan— donde otros no se atreven ni a mirar.
