Atenas amaneció distinta. El mármol milenario de la Acrópolis, acostumbrado al sol y al polvo del tiempo, apareció cubierto de blanco, como si los dioses hubieran decidido detener el reloj y envolver su obra en silencio. La nieve cayó sobre las columnas como una bendición antigua, transformando el Partenón en un santuario fuera de la era humana.

Por un instante, la colina sagrada pareció un escenario de leyenda: no Grecia, sino el Santuario de Atenea, donde los caballeros del Zodiaco custodian la historia con armaduras invisibles. Cada columna, un guardián; cada copo, un eco del cosmos descendiendo a la Tierra. La ciudad moderna observó desde abajo, pequeña, mientras arriba el pasado resistía, intacto, como si el frío solo reforzara su eternidad.

No fue solo nieve. Fue un recordatorio. De que hay lugares que no envejecen, que solo cambian de forma para recordarnos que, aun bajo el invierno más crudo, la mitología sigue en pie.