No hay estadio lleno, no hay árbitro ni tribunas, pero el balón sabe a quién pertenece. En una cancha improvisada, de esas donde el cemento y hace de línea, Jorge Carrascal vuelve a ser el de siempre: el pelao que juega con la pelota como si fuera una extensión del cuerpo.
El jugador del Flamengo aparece en un picado informal, sin guantes blancos ni focos encima, pero con el mismo descaro que lo llevó del barrio al fútbol grande. Toques cortos, pisadas, amagues que sobran y miradas que engañan. Carrascal no corre, flota. Juega a su ritmo, como si el tiempo se detuviera cada vez que la pelota le llega a los pies.
Alrededor, los rivales aprietan, pero saben que están llegando tarde. En estos partidos sin premio, donde lo único que se gana es respeto, el colombiano saca el lujo guardado, ese que no siempre se puede mostrar en los partidos oficiales, pero que nace en las calles.
No es exhibición vacía. Es memoria. Es el fútbol aprendido a los gritos, a la mala, en canchas pequeñas donde el talento se pule a golpes de picado. Carrascal juega así porque de ahí viene, y aunque hoy vista la camiseta de uno de los gigantes de Brasil, el barrio sigue hablando en cada toque.
Porque hay futbolistas que entrenan… y otros que juegan. Y Carrascal, incluso sin uniforme, sigue dejando claro que lo suyo es puro fútbol callejero, del que no se olvida.
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