¡Una cosa es exigir resultados y otra muy distinta es creerse dueños de los jugadores! La inconformidad de los hinchas de Junior por el mal momento deportivo no justifica los actos de intimidación protagonizados por un grupo de barristas que increpó a Guillermo Paiva y Jesús Rivas a la salida de la sede Adelita de Char, en Salgar.
Después del empate 1-1 frente al Deportivo Pereira, varios barristas se acercaron a los futbolistas, los hicieron bajar de sus vehículos y rayaron los automóviles con mensajes como “Pongan huevos”. También dejaron grafitis en la fachada de la sede con frases como “Sin vida. En Junior se juega a muerte”. Una escena lamentable que cruza la línea entre la protesta y la intimidación.
¿Desde cuándo apoyar a un equipo significa creerse con derecho a humillar, amedrentar o poner en riesgo a quienes lo representan? El hincha puede reclamar, criticar el rendimiento y expresar su frustración. Lo que no puede hacer es convertir la pasión por una camiseta en una excusa para intimidar a los jugadores.
Junior atraviesa un momento deportivo complicado y la preocupación por una posible eliminación es comprensible. Pero ningún resultado, por doloroso que sea, justifica este comportamiento. Los futbolistas tienen responsabilidades profesionales, sí, pero también tienen derecho a salir de su lugar de trabajo sin enfrentarse a situaciones de presión intimidante.
El amor por Junior no se demuestra con amenazas ni pintando carros. Se demuestra acompañando al equipo, exigiendo con argumentos y entendiendo que el fútbol, por más importante que sea para Barranquilla, jamás puede estar por encima del respeto y la seguridad de las personas.
La camiseta se defiende en la tribuna, con pasión y respeto; no intimidando a quienes la visten.